Familia - La familia: lugar de cobijo y aprendizajes

La familia: lugar de cobijo y aprendizajes

Evocar la palabra familia me hace retroceder con mis recuerdos a un lugar cálido, donde como dentro de un útero me sentía protegida, acogida, a pesar de que no siempre la calma y la comprensión reinaban.

 

Ahora, con el paso del tiempo, he comprendido que todo lugar de aprendizaje no está exento de encuentros y desencuentros. Sin embargo, el sabor que me queda al hablar de mi familia, es una sensación de identidad, de ser aceptada tal cual soy, donde uno puede andar en piyamas si lo desea sin ser observada, ya que uno está enlazada a quienes la conforman, por sobre todo aquello que nos podría separar. Es un espacio que no tiene fronteras, ni lugar físico definido dónde localizarlo. Es un sentimiento de pertenencia que me acompaña aún cuando algunos ya han partido.

 

Es más una emoción de una materialidad, porque los afectos los lleva uno siempre adheridos al corazón y, por eso, a pesar de que la casa que nos albergó está habitada ahora por otra familia, ese hogar se recrea cada vez que nos juntamos y comunicamos, porque es un lazo de amor que nos une, por sobre todo lo que nos podría distanciar.

 

 

La familia es el primer grupo al cual uno pertenece. Es la morada desde donde uno nace y evoluciona para vivir en comunión con los demás. Dentro de ese hogar, somos colocados como una semilla para germinar a partir de sus nutrientes que posibilitarán nuestro desarrollo físico, social y espiritual. Y no importa si en este proceso somos acompañados sólo por una madre, un padre, una abuela o abuelo; o que convivan en ese espacio más parentela. Lo importante es que ellos están dispuesto a otorgarnos amor y sustento, enseñándonos a compartir, porque serán esas enseñanzas las que permitirán nuestra evolución hasta llegar a constituirnos en un ser humano integral, que ha asimilado, consciente e inconscientemente, los ideales que nos acompañarán en nuestra existencia, independientemente si después nos vemos empujado a dejar al costado del camino algo de lo aprendido. La familia es el simiente, nutrimiento, nido desde donde recibimos la base que nos permitirá mirar la vida cara a cara, con convicción, ternura-fuerza, y ojalá sin temores.

 

Ese primer solar, gradualmente, nos permitirá adentrarnos cada vez más en otros grupos: el colegio, los amigos, la sociedad, para comprender en algún momento de nuestra existencia, que somos parte de un único gran linaje llamado humanidad, la que nos necesita y a la cual también necesitamos. Es una dependencia simbiótica que nos nutre; una relación recíproca que debemos cuidar y amar, para erigirnos como un frondoso árbol que luego cobijará y alimentará a los que vienen detrás de nosotros.

 

La familia, chiquita o grande, completa o quebrajada, rica o pobre, es finalmente el lugar primordial desde donde se nos enseña a vivir en comunidad. Y para que esta unidad sea posible, debe primar, por sobre su diversidad de colores, credos, ideologías y saberes, el amor y la preocupación por el "otro"; para que a partir de esas cualidades nos conectemos e incluyamos sobre los demás, como agua bendita que al regar la tierra, la hace florecer en la plenitud y felicidad.

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